miércoles, 25 de agosto de 2010

CONJUGAR EL AMOR EN OTRO TIEMPO (una historia que será adaptada para radio)



CONJUGAR EL AMOR EN OTRO TIEMPO

El primer día de la asamblea internacional no se diferenció de otros inicios. Las personas llegaron entusiasmadas y con pretensiones similares: escuchar las sesudas reflexiones de los investigadores, establecer contactos nuevos, permitirse fugas turísticas y fascinarse con la belleza y alegría de los anfitriones, los cubanos y las cubanas se destacan por festejar la vida en todo sentido.
Las emociones se disparaban como una rebelión de sentidos oníricos disculpados por la razón imperfecta e inacabada que la noche habanera generosamente se entregaba a los extranjeros. La fiesta, las sonrisas, las conquistas, los romances, las palpitaciones y el ritmo jubiloso de las entregas apasionadas se dibujan, con estremecedoras formas, en los espíritus anhelantes de aventuras, nostalgias y terquedades.
La música y los cortejos alimentaron la fascinación por lo tribal, pretendiendo entender la debilidad de la especie humana que se fortalece con el sexo y se debilita con el desengaño, aunque se resigna con el recuerdo. Algunos corazones guardarían cual souvenir aquellos instantes que les hicieran sentirse libres y después atados a una reminiscencia escondida y callada.
La discreción, que es una virtud de los leales, y la osadía, que es el valor de bohemios evidenciaron su complicidad. Juntos conjugaron la complejidad de la moral y el arrebato de la idiotez que se manifestaron inoportunamente.
X
Las voces de los estudiantes aturdieron al tutor quien con paciencia daba instrucciones para el día. La osadía se adelantó a la discreción y preguntó:
- ¿Me ama?
Casi todos los sonidos cesaron, solo se escuchó el expectante látigo del castigo que se nutría de la dramática situación y del sorprendido silencio que reclamaba con justicia y rigor una respuesta.
- Eso es todo, atinó a decir el instructor.
Impecable y fuerte se manifestó la osadía.
- Diga si me ama.
El silencio silbaba una canción desesperada que no atinaba compás ni ritmo.
- Quiero que me diga “que me ama”, cortó la guadaña de la muerte.
La voz de la discreción balbuceó nerviosa.
- No sé qué pretende, pero es mejor que se apresuren, estamos atrasados.
- Solo diga que me ama y caminaré.
- Por favor señorita, no es el momento…
Nadie se movió. Expectantes oídos clamaban la respuesta y ansiosas miradas torturaban al interpelado.
- Por favor, suplicó la discreción, no me comprometa.
La ropa se pegaba al cuerpo, el sudor apoyaba el suplicio, se derrumbaba la dignidad que agónicamente declaró:
- Sí, la amo.
Suspiros chismosos y resuellos enojados se constituyeron en el tribunal de la pasión que juzgaba a su insigne guía que por fin declaraba su sentir prohibido.
- Te amo, pero a partir de este momento conjugaré este verbo en otro tiempo.
La osadía satisfecha acercó sus labios subyugando a la discreción, quien abatida y desesperada bebió por última vez su romance escondido por meses y hecho público en un edificio de convenciones.
XX
Su fueron como llegaron, disimulando.
La osadía aprendió a ser discreta y murmuró.
- Sabía que me amaba
El discreto y torpe docente exclamaba con valentía.
Aprendí a conjugar el amor en otro tiempo. Le dije que la amo… y ella no me amó.

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